Tinaja de barro


Esta tinaja es una reliquia de mi familia. Descansa en un rincón de la casa de mis abuelos. Ellos cuando dejaron el campo para vivir en el pueblo (Mailin) la llevaron. Tiene más de sesenta años, quizás muchos más, pero el tiempo no le ha quitado la dignidad, al contrario, la ha vestido de historia.
Cada vez que la contemplo, siento pisar con los pies descalzos la tierra del patio de mis abuelos. En aquellas siestas ardientes, cuando el sol parecía acercarse demasiado, cualquiera que llegara por el camino de tierra encontraba en esta tinaja un alivio. Era una anfitriona silenciosa, generosa, que apagaba la sed del peregrino, al vecino, al peón que volvía del campo, a nosotros niños de ese entonces.
Esta algo herida por los años pero viva. La miro y entiendo cosas que de niña no comprendía. El agua tenía aroma, sí, un perfume a tiempo, a trato simple, a vida sin apuro. Y como si fuera poco, sobre su superficie brotó una plantita. Pequeña, humilde, inesperada. Creo que es la prueba viva de la vida que regalo y sigue regalando.
Para mí, es mi altar de la memoria cuando estoy en casa de mis abuelos. La observo porque es una reliquia con historia viva. Ni hablar de las manos que la hicieron, llenas de humildad y sabiduría que no solo moldearon una tinaja, sino que moldeo un pedazo de vida… mi infancia.


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