“Yo soy el buen pastor” les dijo Jesús a los suyos… y al mismo tiempo describió: doy mi vida por las ovejas… por mis ovejas. Voy a buscar a la que está perdida, dejo a las 99 en el redil.
Lo dijo como si fuese lo más normal del mundo (cosa que no lo es) porque por muy buen pastor que sea, nadie dejaría a sus ovejas para buscar a la que se le pierde.
Pero como si acaso no bastase esa imagen de buen pastor tan común para Él, tan extraña para otros, de arriesgarlo todo saliendo a buscar, dispuesto a perder la vida, Jesús quiso (como tantas otras cosas y como efecto de su Encarnación) compartir el ser buen pastor con los suyos, con aquellos pastores apóstoles a los que les dijo: “los envío como a ovejas en medio de lobos” y con nosotros, los que vendríamos después, los que seríamos ovejas y pastores de su rebaño, los que tendríamos que encontrarlo en nuestros buenos pastores y al mismo tiempo aprender a distinguir su voz de la de los asalariados. Algo que parece complicado pero no tanto cuando nos damos cuenta que habla el corazón.
“Yo soy el buen pastor” dijo Jesús y nos mostró a los que vinimos después mil y una imágenes concretas de ese pastoreo: imágenes de abuelas y abuelos que con una sonrisa y en medio de juegos y cuentos nos enseñaron a juntar las manos para rezar. Esos que valiéndose de sus dificultades físicas nos pidieron ayuda “para que los llevemos a Misa” aunque no sabíamos que era al revés.
Imágenes de madrinas y padrinos que sosteniendo el fuego de nuestro bautismo nos preguntaron cómo estábamos. Nos invitaron a comer una pizza, tomar un refresco, a pasear y con casi nada de presupuesto nos mostraron que es gratis amar de verdad.
Imágenes de papá y mamá que con sus medias palabras a veces salpicadas del rigor del hogar, del cansancio mezclado con ternura, fueron capaces de decirnos como pudieron: acá estamos con Vos
Yo soy el buen pastor dijo Jesús y compartió su pastoreo con los amigos que nos buscaron cuando estábamos mal, con aquellos que nos llamaron cuando no sabían nada de nosotros, con los que nos tendieron una mano cuando la cosa se puso difícil, con los que nos abrazaron cuando muchas veces nuestras lágrimas no tenían donde ser enjugadas y se arriesgaron a escucharnos aunque aveces solo les dijimos pavadas.
Aquellos que se alegraron con nosotros aunque el éxito pareciese solo nuestro y fueron capaces de celebrar como propio, algo que bien podrían haberlo sentido ajeno.
Yo soy el buen pastor dijo Jesús pero lo compartió con otros y también con nosotros porque nos hizo sentir el gusto de hacernos cargo, de preocuparnos y hasta perder el sueño, no por masoquistas sino por puro amor.
Hacernos cargo de los demás, de los que cuidamos siendo niños a nuestros hermanos menores en aquella fiesta de cumpleaños a la que fuimos por primera vez solos.
Hacernos cargo de nuestros compañeros de escuela, de nuestros amigos, de aquellos con los que compartimos juegos y fuimos causa de alegría.
Aunque no nos dimos cuenta fuimos pequeños buenos pastores
Yo soy el buen pastor dijo Jesús y compartió con nosotros cuando fuimos a invitar o a buscar al que ya no venía a la parroquia, a catequesis, al club o a la plaza.
Cuando rezamos por el que estaba enfermo o vivía una situación dolorosa.
Cuando fuimos novios novias esposos esposas compañeras y aprendimos a dejar de lado nuestras pasiones para abrir el corazón al afecto.
Cuando pusimos el oído antes que nuestras palabras.
Ni qué decir cuando la vida nos hizo pastores de nuestros mayores.
Yo soy el buen pastor dijo Jesús y lo compartió con nosotros poniendo nuestra mirada compasiva amorosa pero no lastimera frente al que pasaba a nuestro lado.
Ese que nos hizo muchas veces reprocharnos porque fuimos impacientes o indiferentes pero nos abrió la puerta para decirnos “hay una próxima vez y vas a tener la oportunidad de sacar lo que llevas adentro”.
El buen pastor sabe, confía en los suyos, no juzga, busca, se entierra, se empantana, no le importa ensuciarse y sobre todo vuelve. Vuelve para buscarnos, y vuelve con nosotros a casa.
El buen pastor no aspira a las grandes fiestas porque sabe que el olor a ovejas espanta y molesta en los banquetes. Por eso su fiesta es el rebaño con todos los que se sientan invitados.
Gracias por nuestros buenos pastores por los abuelos que nos enseñaron como pudieron a rezar, a encontrar a Dios malcriándonos.
Gracias por papás y mamás que a su modo nos mostraron con su coherencia de vida que había algo más que la realidad de cada día. Y en sus errores que criticamos con ganas nos mostraron que aunque no nos demos cuenta, hay permiso para equivocarse y oportunidad para perdonar.
Gracias por los buenos pastores de los hermanos mayores o menores que nos enseñaron a cuidar y a sentirnos cuidados
Gracias por esos buenos pastores que fueron tíos o tías que nos visitaron cuando estábamos enfermos y supieron siempre regalarnos el caramelo La sonrisa la caricia que nos animó a levantarnos o simplemente a sentirnos queridos
Gracias por esos profesores docentes maestros que nos enseñaron a mirar más allá de nuestros problemas que confiaron en nosotros, aún cuando fracasamos, y nos mostraron un horizonte que nos esperaba y que no volcaron en nosotros sus frustraciones sino que nos animaron a superarnos.
Gracias por los buenos pastores que en su lechos de enfermo nos enseñaron a cuidar y a buscar a la oveja perdida, nada más ni nada menos que con su oración.
Gracias por tantos buenos pastores: por los que nos cuidaron y nos enseñaron a cuidar y gracias por confiarnos a las ovejas. Las ovejas del hogar, de la familia, los del trabajo, los de los amigos, los de nuestro caminar.
Gracias por los buenos pastores a los que no conocemos, esos que nos cuidan y no vemos
Danos Jesús la gracia de ser buenos pastores aún cuando creamos que ya no podemos hacer nada, porque en definitiva el buen pastor cuida a los suyos con su oración con sus manos juntas para rezar, abiertas para dar y gloriosas para resucitar.
P. Humbi SJ