Hay cosas que no se pueden explicar y sin embargo, vuelven una y otra vez a buscar palabras…
Hoy la fe sencilla que se vive en el monte. Esa que no tiene adornos, que no necesita grandes cosas. Esa que tiene tierra en las manos, sol en la frente y silencio en los ojos. Es una fe que se respira…
Llegar es tan fácil, uno atraviesa caminos que parecen no terminar nunca, se sacude la tierra del viaje y baja. Pero irse… irse es otra cosa porque uno no se va igual que como llegó… se va con el corazón movido y removido….
El altar es el monte, algunas veces un tablón improvisado, una mesa sencilla con un mantel que alguna abuela guardó para las ocasiones importantes. Es el cielo azul como techo inmenso, testigo de cada palabra consagrada…
Ellos llegan despacio. En zulquis que crujen por los caminos angostos, en motos, a pie, con niños de la mano. Otros a caballos y algún que otro burrito. Llegan con el rostro curtido por el sol y la vida, con palabras crudas que no hace falta forzar nada y casi siempre traen algo… un pan casero, unas tortillas recién hechas, un mate que circula o al fondo del rancho un fueguito arde con unas empandas para compartir. Ofrecen lo poco que tienen como si fuera todo y en verdad si lo es…
Recibir la Eucaristía en esos lugares es distinto. No hay distracciones, no hay ruido. El “Amén” se dice con el cuerpo entero porque es un “sí” que nace del cansancio, de la lucha diaria, de la esperanza que no se deja apagar aunque la tierra esté seca y el camino sea largo, y después el silencio. Un silencio ruidoso que queda cuando termina la misa, lleno de lágrimas discretas, de miradas que agradecen sin hablar. Uno siente que algo quedó suspendido en el aire…
¿Cómo se explica lo que se vive? ¿Cómo poner en palabras la sensación de verlos volver por los senderos, pequeños a lo lejos, perdiéndose entre el monte? Los zulquis alejándose despacio, el sonido de las ruedas marcando el ritmo de un corazón que no quiere despedirse. Volver de estas misiones con el camino en silencio es fuerte porque hay algo que no se entiende… una mezcla de plenitud y despojo. De haber recibido más de lo que se dio, de sentir que en esos lugares, donde aparentemente falta todo, sobra Dios.
Tal vez no pueda explicar lo que se vive, tal vez no haga falta, pero cuando el ruido me abruma andando lejos, cuando todo parece vacío, necesito volver a encontrarme con ese Dios que habla en lo sencillo…
