Como una vieja poesía,
aquellas tardes se repetían.
Y una vez más el horizonte,
me vestía de esperanza.
Los días parecían detenidos,
las horas caían como hojas secas.
Era yo… la que no se rendía a la espera,
esa que, al final, moría en un suspiro.
Fue una espera deseosa
la que me mantuvo firme:
el deseo ardiente de Vos,
la sed insaciable de tu amor
