Hay algo en diciembre que me desarma. No sé si es el año que se termina o si es la nostalgia que se me instala fuerte en este tiempo, mientras nos preparamos para la Navidad. Y si, el corazón se me va lejos, se me va al monte…El monte tenía su propia manera de prepararnos. Tenia una catequesis sin palabras y sin explicaciones. Una catequesis que solo se respiraba y ¿Saben qué? el maestro era el coyuyo.Cuando empezaba su canto, sabíamos que el tiempo estaba cambiando. No hacía falta decirlo. Ese canto persistente, casi cansador, era el anuncio de que algo grande se acercaba: la Navidad. El coyuyo nos enseñaba que nada llegaba de golpe, que primero había que atravesar la espera… cantaba en las tardes cuando el sol parecía no moverse y todo quedaba suspendido. Cantaba fuerte, como intentando que nadie se distraiga. Y en ese canto nos iba enseñando a prestar atención, a escuchar, porque quien no aprendía a escuchar el coyuyo, difícilmente podía entender el misterio que venía.El canto del coyuyo también marcaba los tiempos de la tierra, la algarroba madura, el mistol listo…El coyuyo de alguna u otra forma, catequizaba el corazón.Que sabiduría la del monte. Que manera tan honda de hablarnos de Dios. Sin nombrarlo, nos lo mostraba.Hoy lejos de ese monte, diciembre vuelve a despertarme ese canto. No afuera, pero si adentro y duele la nostalgia, o quizás no, no puedo identificar eso, pero si me sostiene. ¡Que misterio es la Navidad! Un nacimiento que se gesta en lo simple, que se anuncia con signos tan pequeños y en ese misterio, el corazón se inquieta y tal vez, por eso, este tiempo me encuentra así… intentando aprender a esperar de nuevo.
