La Feria de Ciencias de primaria tuvo lugar esta semana en la escuela de Boquerón. Cada docente prepara un tema con su curso y hace una muestra. Hay clima de preparativos, de nervios, hay mucho movimiento. Llegamos con Sofi, Aylu y Maxi y ya había varias mamás, que son, sobre todo, quienes acompañan la jornada. Compartimos unos mates y chusmeamos un poco los stands, mientras esperábamos el inicio. Luego de unas palabras de Merce, la dire, el Nivel Inicial dio el puntapié. La mayoría tuvo que aprender de memoria algo para decir ese día. Cuando era el turno de su stand, se veían las caras de concentración y, en muchos casos, el movimiento de sus labios, repasando en voz baja la frase que les había tocado.
La seño Noe preparó con sus peques el tema de la higiene bucal. Nos contaron cuántas veces hay que cepillarse, qué alimentos son más saludables para nuestros dientes y cuáles más nocivos. Con una maqueta de una boca hecha con sus propias manitos, nos mostraron cómo cepillarnos correctamente. Primer y segundo grado preparó el tema de los sentidos. Tras darnos la información teórica, hicieron pasar a alguien del público a probar gusto y olfato. Kevin, de 11 años, fue el valiente, a quien le taparon los ojos. Advinó que la primera cucharada que le dieron fue de dulce de leche. Sin poder oler, pensó que la papa era una manzana. Ahí nos explicaron cómo el olfato y el gusto están íntimamente relacionados. Cuarto y quinto grado nos contaron que tenemos “206 razones para sonreír” (la cantidad de huesos en nuestro cuerpo). Ahí Chochito se lució, sosteniendo un esqueleto, nombrando los huesos desde la cabeza hasta los pies.

También fui a Gramillar, a sacar una antena de internet, para llevarla a otro paraje, porque ahí ya no la necesitan. En lo que va de este año, en varias escuelas han hecho esa instalación desde el Estado. Con el maestro Nelson nos subimos al techo a destornillar. Anita y Xiomi, las dos alumnas que estaban ese día (de un total de 4), se divertían y nos sacaban fotos. Mientras tanto, Lore, mamá de Anita, hacía unas tortas fritas. Antes, crucé a lo de doña Juana, a quien conozco desde hace ya más de dos años. A lo largo de ese tiempo, murió su esposo, ya muy viejito, y ella fue perdiendo la vista, ya grande también. Me recibió una hija, que la estaba acompañando por unos días. Sin decirle que era yo la que había llegado, la saludé con un “¡Buenas!”. Doña Juana, a quien no veía hace meses, reconoció mi voz y gritó “¡Chichita!”. Qué emocionante fue para mí que supiera quién era con solo escuchar una palabra mía.
Así vienen pasando estos años: una vida cotidiana que se desarrolla entre mates, visitas, aprendizajes, memoria del corazón, lágrimas que revelan la profundidad que tanta gente ha tocado en mí y, seguramente, que yo también he tocado en otras personas. Un tesoro que llevo conmigo para siempre.
