Ranchito del monte

Cuando ando por el monte, el camino es el primero en hablarme… Volver siempre empieza con un camino que se abre y una certeza que aprieta el pecho. Volver para mí significa desarmarse porque cada paso hacia adelante es, en realidad, un paso hacia adentro y aparece la intemperie del alma… sin techo, sin abrigo, sin las defensas que uno aprende a construir para sobrevivir lejos.El viento del campo no golpeaba tanto como ese viento interior que mueve todo lo que muchas veces creo haberlo olvidado.Me encuentro con la tapera (ranchito del monte) consumida por el tiempo, pero todavía en pie. Las paredes rajadas son cicatrices abiertas, no ruina. Por ahí pasó la vida con todo su peso. Pasó dejando una huella que no se borra nunca. Tardes enteras, el sol caliente de las siestas, el mate compartido, las conversaciones que no necesitaban respuestas. Hubo risas ahí, risas de infancia, risas que nacían del poco y lo volvían suficiente y seguro también hubo miedos. El miedo del campo, de las mañanas inciertas, de la vida que aveces parece demasiada. Esas paredes, sin duda, sostuvieron esperanzas, cansancios, silencios, miedos y sueños.Me acerqué despacio por respeto, porque sé lo que significa un lugar asi y algo dentro mío sabía que no estaba entrando a un lugar, sino a una parte de mi historia. Necesitaba tocar esas paredes. Lo necesitaba con urgencia. Puse la mano y algo se me quebró en el pecho. La tapera no estaba vacía, estaba llena de mí porque un día, por un lugar así, mi niñez se dibujó.Me fui en silencio con ese intento de ordenar lo que siento aunque el camino no me pide explicaciones. No pregunta qué siento ni si lo entiendo. Simplemente está y cada paso quita esa forma de fingir que no pasa nada. No sé ponerle nombre a lo que siento cuando ando por lugares así. No sé si es nostalgia o simplemente un momento. Sé que no lo entiendo del todo y que ya no intento hacerlo, solo sé eso.


Sitio independiente de noticias miradas y recursos compartidos