En la Escuela de Verano de Boquerón hay 23 participantes en lista. Sin embargo, esta semana hubo varias bajas a causa del calor. El horario de las actividades ahí es de 10 a 12, aunque ya desde temprano el sol se hace sentir picante en la piel. Por lo tanto, los profes Mauri y Nico, del espacio de Educación Física, hacen muchos juegos con agua. Desde luego, es un recurso que debemos cuidar, pero que también está al servicio de nuestro bienestar. Hay quienes van caminando desde sus casas, a un poco menos de 2 km. Nada mejor que volver con la ropa empapada y con gorra en la cabeza, tras haberse divertido mojándose mutuamente. Mientras tanto, los miércoles en el mismo horario tenemos taller de Folklore. La profe Mari nos enseñó a bailar una chacarera. Me sumé a aprender algunos pasos y zarandeos. Entre transpiración, risas y jugo, todas comenzamos aplaudiendo al ritmo de la música y pudimos concluir en una media vuelta final, todo de corrido.
También en Boquerón, hubo otra cosecha de miel. En una calurosa -muy calurosa- tarde de lunes, ayudé a llevar los cajones desde el campo donde está el apiario hasta el centro comunitario. Ahí sacaron el producto de unos 6 cajones, que luego colaron. Un poco más de 26 kilos de una miel oscura, cuyo color se debe a la floración de la que se alimentaron en este tiempo las abejas: el quebracho colorado. Pasadas las dos horas, habíamos terminado. En general, es un proceso que conviene hacer a la mañana o a la noche. Esta vez lo hicimos a la tarde y eso llamó la atención de muchas abejas vecinas, que invadieron el lugar, atraídas por la miel. Con los trajes puestos y a gran velocidad, llevamos de regreso los cajones al apiario.

El viernes visité a Miriam y Chelo, en el paraje Basilia, que tienen alrededor de 60 años. Enseguida me ofrecieron tereré, pero opté por el mate, ya que aún estaba “fresco” a esa hora. Ahí también vive el papá de Miriam, que tiene Alzheimer y a veces no la reconoce: “¿Cómo anda, doña?”, le pregunta esos días. Ella le recuerda, entonces, con el mismo cariño con que lo cuida, que es su hija. Al lado vive el papá de Chelo, desde hace 80 años, quien no estaba en ese momento en la casa y me dejó con la duda de cómo habían llegado a instalarse ahí. Pero sí estaban Ángel, hermano de Chelo, y su esposa Mirta, que se habían levantado a las 5 de la mañana para cosechar maíz. A eso de las 10.30 ya estaban desgranando con una máquina que funciona, desde la semana pasada, con un motor. Antes la tenían que hacer girar a mano. Y mucho antes, desgranar manualmente, chocando un maíz contra otro.
Una semana de contemplar lo simple, las costumbres de la vida en el monte. Una semana de seguir aprendiendo a concentrarme en lo esencial, en los instantes y encuentros que dan verdadero sentido a la existencia.
“Llamar al pan y que aparezca / sobre el mantel el pan de cada día; / darle al sudor lo suyo y darle al sueño / y al breve paraíso y al infierno / y al cuerpo y al minuto lo que piden”, La vida sencilla, Octavio Paz
