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Crónica de una vida anunciada

A Nora le diagnosticaron cáncer y le avisaron que podría morir en unas semanas. No siempre tenemos la “ventaja” de saber que a alguien le queda poco tiempo en este plano y, así, poder “prepararnos” para el desenlace. Nora, que siempre había intentado vivir con plenitud, haría un último intento. Y el resto, su red de contención, la acompañaríamos, sin saber que tendríamos una yapa de dos años para disfrutarla.

Durante todo ese tiempo, fue honesta con lo que le pasaba y quiso también que le fueran honesta; asumió su enfermedad terminal; habló sobre la muerte con naturalidad. Celebró, viajó, abrazó, dio entrevistas, escribió un libro, rió, lloró, agradeció, pidió perdón… en definitiva, vivió. Eso lo hizo con su fuerza arrolladora, pero también con su red de contención, a la que siempre hacía referencia. Muchas personas fuimos coincidiendo porque íbamos a visitarla, a cuidarla y eso a ella le gustaba porque era una generadora de encuentros.

Una apasionada por Jesús, por Ignacio de Loyola, Nora Kviatkovski era monja. Un amor exclusivo no le alcanzaba, ella quería amar a todos, a todas, quería amarlo todo y así también ser amada. Una mujer que te empoderaba, que te incluía, que te abrazaba. Intensa, mandona, humana. Predicaba y fomentaba la libertad responsable, que permite discernir y así elegir lo mejor, para la propia vida y, como consecuencia, para la de quienes nos rodean. Eso que aprendió bebiendo de la fuente de los Ejercicios Espirituales que tanto la atravesaban.

Ver la fragilidad y los límites físicos de alguien que siempre se mostró con una energía poderosa es un contraste fuerte. Pero también es una gracia, la de poder acompañar casi como se hace con un bebé, aunque sabiendo que no es el inicio, sino el final. Las paradojas que entonces experimenté: la belleza y la paz en medio del dolor y la muerte. Bañarla, peinarla y vestirla cuando ya su corazón no latía; practicar luego a su lado las canciones que tocaríamos en la misa para dar gracias por su vida; brindar ese mismo día y los siguientes por su existencia, con gente de su red de contención.

Nora murió como vivió, con deseos de plenitud y de encuentro, empoderando, discerniendo, siendo libre e intentando que cada persona que la conocía se sintiera libre y amada. Dios se nos ha revelado a través de Nora y, sin duda, ella nos ha acercado un poco más a su presencia amorosa.

«…es necesario crear un entorno en el que (…) puedan desarrollar una libertad responsable, que les permita ser felices en la medida que tengan capacidad de ‘salir del propio amor, querer e interés’ (EE 189), para salir al encuentro de los otros. Salir de nosotros mismos para encontrarnos con aquellos que nos rodean y entrar en contacto con el amor de Dios encarnado en el prójimo», Desde la espiritualidad ignaciana. Un aporte para la formación de personas conscientes, Nora Beatriz Kviatkovski


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