Este viernes tuvimos una reunión de Beca Joven Rural, un programa de Monte Adentro desde el que acompañamos a adolescentes que quieren hacer la secundaria. Uno de los requisitos es que vivan a más de 5 km de la escuela, lo cual es muy común porque no en todos los parajes tienen todos los niveles. Dinero para la nafta de los traslados, útiles, apoyo escolar, una tutora que les hace un seguimiento y encuentros a los que asisten quienes reciben las becas de todos los parajes, donde se les brindan herramientas de desarrollo personal. Todo eso implica la beca y todo eso es posible gracias al aporte de madrinas y padrinos. Hay adolescentes que deben hacer unos 20 km para llegar a la secundaria. Siempre en moto, vehículo por excelencia, ya que es lo más accesible, económicamente hablando. Al terminar la reunión, llevamos con Juano a una mujer y su hija hasta donde habían dejado su moto porque se les había quedado. Yo, en la camioneta, mientras Juano y la señora empujaban para ver si arrancaba. Cuando la moto estuvo cerca mío, vi que no eran más que unos cables, el asiento y las dos ruedas; le faltaba toda la estructura exterior. Era de noche, hacía mucho calor, sonaba la banda de sonido de la película La Misión y yo veía cómo insistían en la acción de empujar y pisar el pedal de arranque. Al final, tuvimos que dejar la moto ahí y llevar a la mujer y su hija hasta su casa. Me emocionó ver esa escena, que refleja los momentos de la vida en que seguimos dándole para adelante, en que apostamos porque creemos en algo que vale el intento, en que alguien nos inspira con su ímpetu para ayudar a otra persona a salir de una situación complicada.

Sin duda, confirmo que las palabras que describen a las comunidades rurales que conozco son, en general, hospitalidad, generosidad, nobleza. Igualmente, también pasan cosas tristes, como en cualquier lado. Hay negligencia, abandono, violencia. Hay patrones de comportamiento que se repiten, tal vez por no conocer otros. Hay falta de acceso a la salud y la educación, que muchas veces nos abren los ojos de la propia dignidad, de los derechos que tenemos, de los abusos de cualquier tipo que no debemos tolerar. No siempre tenemos los recursos para ayudar o resolver todas esas circunstancias, ni como personas particulares ni desde el lugar donde trabajamos. Entonces, estamos frente al límite y la impotencia. Entonces, es clave recordar que hacemos lo que podemos, que nuestra presencia puede ser lo único para aportar. A veces, eso alcanza, no para salvar a nadie, pero sí para rescatar
una luz de esperanza en el corazón de otra persona.
“Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro. (…)
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco”,
Nuestra hora, Pedro Casaldáliga
