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5. La búsqueda de lo infinito

Vilelas es un pueblo a 60 km de Añatuya y 40 km de Quimilí. Ahí visité a Lis el finde largo, que está en esa localidad santiagueña desde enero. En su opción por la vida consagrada, comenzó a acompañar a la gente de este lugar, que contó con una comunidad de hermanas durante más de 40 años. Los últimos tres años, tan solo con un sacerdote que va aún cada 15 días a celebrar misa. Pude ver a las personas acercándose a Lis para conocerla, saludarla, pedirle que las visite en sus casas. Fui testigo de la necesidad de estar más cerca de Dios, del deseo de lo trascendente mediante una figura de referencia que, al menos, nos recuerde la existencia de lo infinito.

Una tarde fuimos a lo de doña Olguita y don Peti, casi en la periferia de Vilelas, a preparar una merienda para niños y niñas de ese barrio, que será, desde entonces, mensualmente. Con el calor que hacía, nos acomodamos a la sombra de un árbol. Luego de charlar y esperar a quienes iban llegando, hicimos una oración y compartimos chocolatada, pan, bizcochos y galletitas. La familia hospedera vive humildemente, con el corazón que caracteriza a ese tipo de gente. No puedo olvidarme de don Peti diciendo lo feliz que estaba porque Dios había escuchado sus ruegos: “Siempre le pedía poder darles algún día la merienda a los chicos”.

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Como Lis estaba casi recién llegada, algunas personas fueron a ayudar en el orden y limpieza del predio que se usará para distintas actividades. Apenas pasadas las 6 de la mañana, ya escuchaba el ruido de la motosierra y la motoguadaña, cortando un poco de leña y mucho de pasto. Me sumé en los recreos del mate, con la Moni, el Rojas, la Negrita y Malena. Con nubes o sol, con altas temperaturas o aun más altas, ahí estaban, presentes, alegres por poder ayudar. Un día almorzamos gracias a la Negrita, que cocinó un pollo con papas al horno y otro día, gracias a la Moni y Malena, unas milanesas con arroz.

También participé del primer día del taller de Manualidades. La idea es que las mujeres que vayan, puedan aprender un oficio que luego les genere un ingreso económico, a través de las ventas. Algunas aprendieron a bordar, practicando en prendas viejas. Otras, a tejer a crochet. Yo intenté, por milésima vez en mi vida, y aunque haya logrado hacer una cadenita de unos 20 cm, no podría decir que “aprendí”. Algunas mujeres jóvenes y otras más grandes, todas compartiendo, más allá de un saber, un momento de comunidad.

Un fin de semana para reconectar con mi llamado, para seguir descubriendo a Dios en lo sencillo, en lo humilde, en el encuentro, en lo comunitario, en lo infinito.

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