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4. Agradecer es dejarse iluminar

Esta semana visité a doña Rita, que vive en Boquerón con su hermano Chingolo y su sobrino Coki, a quien prácticamente crían como un hijo. La invité a grabar su testimonio sobre los medicamentos crónicos que recibe, gracias a la donación que Farmacéuticos sin Fronteras le hace a Monte Adentro. Rita, de unos 60 años, tiene diabetes e hipertensión, además de un corazón generoso y una fe inquebrantable. Después de grabar el video, me invitaron unos mates con pan y queso caseros. Cuando llegó Coki, lo mandaron a buscar unos chivitos que no habían vuelto al corral, pero no los encontró. Seguirían buscándolos al otro día. Entre los mosquitos y el calor, contemplé un magnífico atardecer y el cielo estrellado desde el patio de su casa. Antes de irme, hicimos una oración en la ermita que tienen, dedicada a la Itatí, agradeciendo de mi parte la hospitalidad de esa familia.

El viernes hubo misa en el paraje Tacuruzal – Lote 8, que tiene a Santa Rita como patrona. Llegué temprano, antes del rezo del rosario y aproveché para tomar unos mates mientras veía cómo iba saliendo el sol. Mientras disfrutaba de esa contemplación, llegó una mujer, con la que comparto el apodo de Chicha, y su esposo Aníbal. Así fueron llegando, con sus equipos de mate a cuesta y algo para compartir al terminar la misa. No trabajo durante el año en ese paraje, así que a algunas personas conocía y a otras no. Eso no importaba, la cálida bienvenida y las invitaciones a visitar sus casas era la misma de parte de todas. Hacia el final, Aníbal me preguntó: “¿Cuándo vas a venir a casa? ¡Podés venir hoy! Descongelamos algo para cocinar…”. No pude ese mismo día, pero fui el sábado y almorzamos unas riquísimas marineras con zapallo, me contaron su historia, la de su familia, me mostraron las herramientas con las que trabajaban antes en el campo y su hermoso jardín. También salí de ahí agradeciendo la hospitalidad de esa gente.

Cuando terminó la misa en Santa Rita, me avisaron que tenía que acompañar al transporte de materiales para algunas obras de los parajes donde trabajamos, así que volví a Boquerón. Ahí me encontré con dos muchachos y un camión. Fue mi segundo viaje en ese transporte, guiándolos por los caminos de tierra. Era un día muy caluroso (al igual que estas últimas semanas), muchos arenales, ninguna nube. Ese recorrido no estaba en mi agenda, así que no llegué a planificar un almuerzo. Terminé llegando al pueblo pasadas las dos de la tarde -con mucho calor y hambre-, donde me encontré con mi amiga Noe, que estaba preparando comida para ambas. Qué lindo es que alguien te espere, piense en vos y tenga presente tus necesidades. Sin duda, ese día agradecí especialmente la hospitalidad de Noe.

Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar”,
Isaías 58, 7-8

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