Si prestamos atención, la vida nos sorprende con regalos inesperados, cosas de último momento, que parece que vienen a “desordenar” nuestros planes. Así fue mi martes, cuando me pidieron que el miércoles vaya a uno de los parajes que acompañé al principio de mi estadía en Chaco. Pasé primero por El Asustado, para encontrarme con Noemí, la nueva coordinadora de esa zona. Quise dejar en la escuela unas telas para el taller de Costura, pero no hubo clases porque el auto en el que van la dire y las maestras había tenido un desperfecto esa mañana. Entonces, tuve que ir a la casa de Gustavo, el portero del cole. Ahí me encontré con mis vecinas de cuando yo vivía en El Asustado. No tenía tanto tiempo, pero pasé a tomar tres mates con Antonia. Recordé las muchas veces que me invitó a almorzar, a comer un pan casero, cuando mató una víbora en mi comedor, cuando me ayudó con mi moto. También vi a Eli, mi otra vecina, que aprendió a hacer muchas cosas en el taller de Gastronomía y las pone en práctica, vendiendo en su casa. Me convidó unos bizcochos deliciosos, como tantas veces hizo cuando viví allá. Ellas estaban sorprendidas al verme, al igual que yo a ellas, pues no estaba en mis planes. Qué bendición reencontrarnos con la gente que en otro tiempo caminó a nuestro lado.
Después fuimos a Campo Alto, a entregar mercadería a las familias, como una ayuda por lo que las perjudicó las lluvias de este último tiempo: estuvieron muchos días sin luz, con los caminos cortados. Gracias a las donaciones de tanta gente, pudimos entregar alimentos no perecederos, algo de fruta y verdura, y también leche para quienes tenían menores a cargo. Ese fue un reencuentro más grande, ya que había muchas personas que conocía, a las que había visitado, con quienes había compartido un taller, un día de calor, un mate, muchas risas (porque Campo Alto es un paraje muy risueño). “Chicha, ¿te acordás de…?” fue una frase que me quedó, que me hizo recordar tantas cosas lindas vividas con las familias, en comunidad.

Volvimos a El Asustado y, antes de partir, pasé a saludar a doña Lucha, que tiene su kiosko al lado de la escuela. Otro reencuentro sorpresa, de actualización y de recordar viejas épocas. Almuerzos y mates también encabezan la lista con ella. Y es que más allá de lo que disfruto comer, esos momentos son de charla gratuita, de conocernos mutuamente, de saber sus historias, sus dolores y alegrías. Por supuesto, me dejó elegir algo del kiosko como souvenir para llevarme.
Ese mismo día, visité a dos familias en Destierro, nuevo paraje que acompaño este año. Primero Petrona y después Elvira me recibieron en sus casas, dejaron lo que estaban haciendo, acomodaron una silla para mí y me ofrecieron mate. Una tarde para descubrirlas, saber cómo están compuestas sus familias, con quiénes viven, qué les gusta hacer… ¿Por qué me dan el mismo recibimiento aquellas que me conocen desde hace tanto y éstas, que era la primera vez que me veían? Es innata la hospitalidad de esta gente, abrir sus casas y compartir lo que tienen es pura expresión de una generosidad desbordante y natural.
Ojalá todo este tiempo entre las comunidades rurales transforme mi corazón en uno como el suyo.
